domingo, 13 de marzo de 2016
[...] gasté muchos minutos aquel día sentada en las escaleras del portal mirando como colgaban las llaves de la puerta. Sólo debía abrir, salir a la calle, cerrar la puerta y pasar la llave por debajo. Y no lo hice por que cuando te ciegas no ves los minutos evaporarse ni la posibilidad de coger todo el tiempo que ocupaban aquellos terremotos y haberlos empleado en algún atardecer (ahora casi a diario veo atardecer y prometo que veo el minutero del reloj retroceder).
Si yo volviera ahora mismo a aquella tarde, a aquellas escaleras con aquella puerta y aquellas llaves ya no cabría ni la posibilidad de estar en aquellas escaleras aquella tarde, porque habría bajado derechita hacia la puerta sin necesidad siquiera de que me dejaran aquellas llaves puestas invitándome a salir. Ojalá yo invitando aquel día a alguien a que se fuera a tomar por el puto culo.
Así que tras perder mucho tiempo de mi vida en cosas muy destructivas y poco productivas desde hoy tengo un tarrito bajo la cama repleto de segundos que hagan mis ojos brillar. Y todos para mí.
PD: Es obvio que el atardecer gana valor cuando la compañía le hace casi competencia. No se si me explico.
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