Más de cien carreteras nos
separan y es el mismo número de días que suelo pasar sin ver la
dulzura que reflejan vuestros ojos en los míos.
Tres inviernos no son capaces de
borrar ningún verano, ni el olor de las sábanas limpias y finas en
las que me tiraba cada mañana, a las once, cuando el ya se
despertaba y yo sólo quería hacerle compañía. Nunca dos personas
en una cama habían sido tan puras, tan amor y tan buena compañía.
Ella también venía a la habitación; imagino que la estampa de dos
personas que se quieren tanto conmoverían hasta a Hitler.
Y allí. Los tres. Felices.
Más de cincuenta días son los
que pasaba entre aquellas dos casas; la casita azul cielo y la más
vieja de la calle. Donde quedaron enlatados los veranos de mi
infancia. Cómo si pudiera envasarlos al vacío en mi cabeza.
Cómo si yo pudiera coger un
calendario y con el dedo índice señalar cualquier día al azar y
decirte que historia me contaron aquel día.
Cómo si pudiera contar las
veces que él me miraba con esa cara de tonto que se le pone cada vez
que nos mira a unos de nosotros, o la gracia que ella tiene sin
querer tenerla. Por que ellos son así, y ni siquiera saben que lo
son.
Más de veintidós años y sigo
sin entender por qué aquel día que tocó la lotería yo tenía el
cupón premiado.
Yo tenía todos los números del
bingo en mi cartón.
Gané el partido decisivo en el
último minuto.
Por qué yo, sin haber pedido
ningún deseo, tenía un deseo cumplido.
No se a quién le debo que
vosotros seáis mis abuelos.
Pero gracias. Te debo una. O
mejor dicho, dos. Porque vaya madre me han dejado.

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